lunes, 31 de agosto de 2015

Bodorrios

Terminada la época de bodorrios este año, y comenzando la de ahorro para las que ya nos han anunciado del año que viene, no puedo más que dedicarles un post.

Las bodas. Ay, las bodas. Empiezo este post confesando con la mano en el corazón para dar mayor credibilidad al asunto, que adoro profundamente las bodas, me encantan, me emocionan y me resultan tremendamente divertidas.




Me refiero a las bodas de otros, claro. Y sobre todo si son de amigos y no de familia. Y después de esto recalco de nuevo, por si hay aún dudas al respecto, que el sentimiento solo abarca el ir como invitado, porque para mí organizar una boda debe de ser lo más parecido a la vida en el infierno, y ser la novia también (mi rostro podría llegar a explotar de rubor al ser tanto tiempo el centro de atención).
Sin embargo, ir de invitado a la boda de unos amigos es una experiencia única, así que este post va dedicado a Dani y Ali, que se casaron hace dos sábados, y que desde aquí les doy las gracias porque me lo pasé pirata (y no es una alusión a la ingesta masiva de ron).

Ya nos gustaría a muchos tener la elegancia de estos dos.

Las bodas familiares me gustan, son especiales, porque puedes bailar con tu abuela o con tu prima de seis años, encontrarte con gente con la que por circunstancias de la vida no te ves más que en eventos, ver borracho a tu padre o fotografiar una conga formada por todos los adultos de tu familia, mientras los adolescentes se avergüenzan profundamente de sus progenitores y a los que ya dejamos atrás esa etapa vital se nos hincha el pecho de orgullo ante la felicidad de nuestros mayores. Pero… no es lo mismo que cuando vas como amiga. ¿Y por qué? Porque el límite de estupideces está demasiado cerca y es muy probable pasar el umbral sin darte cuenta, y tu madre, tu tía la que siempre te critica o tu abuela, están delante, generalmente sobrias y con más ganas de que hagas el ridículo que de que no, para después echártelo en cara.
¿Un poco exagerada? Puede, pero seguro que sabéis a lo que me refiero, y si no imaginaos la cara de mi abuelo cuando dio un trago a mi cubata pensando que solo era un refresco y me dijo que la coca-cola sabía rara, que si no estaría mala, y yo, una nieta modélica para él hasta aquel instante, me vi obligada a ignorarlo y a huir a la pista para no tener que explicarle que su nieta, “La rubi”, le daba al ron cosa fina. No es plan, ¿verdad?

Por mucho que te creas Beyoncé en la pista, lo más probable es que la guisa sea más bien esta.
Asúmelo, te hubiera ido mejor diciendo que no a partir del cuarto cubata.

Ahora viene lo bueno. Te llama un amigo un día y quedáis en el bar de siempre, y entre caña y caña lo suelta, que se casa, y a mí me entran ganas de hacer pis de los nervios repentinos.
Mi reacción mental sigue siempre unos pasos bien definidos:

1.       Qué bien, ¡una excusa para comprarme ropa nueva!
2.        Mierda, odio los tacones.
3.       Nos hemos vuelto a quedar sin vacaciones este año, jodidas bodas, qué despilfarro más tonto de dinero.
4.        ¡¡¡Enhorabuena!!! ¡¡Qué ilusión!!

No disimuléis, es tal cual lo escribo, lo que pasa es que confesarlo esta feo. 

Pues nada, te tiras 3, 6, 9 meses (según el plan de organización) discutiendo con tus amigas chorradas varias, como la despedida de soltera, un listado de putadas para entregarles el dinero a los novios o destrozarles la casa el día antes (adjunto pruebas gráficas al respecto) o el color y modelo de vestido para que no coincidáis entre vosotras ni en el tamaño de los botones. Chorradas y esfuerzos en vano, porque hace dos años tuve dos bodas y en ambas hubo dos chicas con el mismo vestido. Una putada que da risa si no eres una de ellas, es verdad, somos malas, pero después de gastarte un dineral en un vestido para un día maldita mala suerte es que otra lo lleve igual, no me jodas.

Podéis mirarlo por el lado positivo y aprovechar para redecorar el dormitorio.

 El caso es que después de todas las pijadas varias, llega el día, y ahí estáis todos, ya con una cerveza en la mano (y dos en el gaznate) cuando aún no ha llegado ni siquiera la novia, gritándole tonterías y obscenidades al novio, que suda la gota gorda esperando en la puerta, pero no pasa nada, porque sois los amigos y se os permite ser vulgares y dar el cante. Es vuestra misión.

Antes del banquete ya hay alguno con una cogorza de escándalo que ha pisado el velo de la ya esposa tres veces, le ha dado una colleja al padre del novio y ha perdido la chaqueta, pero no pasa nada, porque es uno de los amigos del novio. Y ellos son así, dejadlos libres en su estado de salvajismo.

Es una verdad universal que la mesa de los amigos es la mejor de todo el banquete, la que mola mazo, la que todo el mundo mira con envidia desde su silla, la que usa las servilletas para cualquier cosa excepto para limpiarse, la que provoca una pelea de bolas de pan que acaba con lanzamiento de centros de mesa. Sí, esa, ¿la reconocéis? La que los camareros se rifan a piedra, papel o tijera o enchufan al más nuevo, al pringado, que se tira toda la comida preguntándose por qué aceptaría aquel empleo. Pues porque estamos en crisis y alguien tiene que aguantarnos fuera de casa, es simple, majete.
Pero no pasa nada, ¡somos los desgraciados de los amigos!

Me encanta, porque cuando todos gritan ¡Bravo! Tú puedes decir ¡¡¡Rabo!!! hasta desgañitarte la garganta y no pasa nada, está permitido. Y aviso, es un papel que se me da estupendamente.
Puedes caerte dos veces al suelo en mitad de la pista de baile sin soltar la copa de la mano (como mi Hugo hace un par de años, que es capaz de romperse un brazo antes de perder su copa, a pesar de que es barra libre, pero ya es una reacción instintiva) y hacer el ridículo de tu vida, y que nadie te miré mal; o al menos no fatal, porque no eres de su familia, así que lo mismo da. Puedes perder un zapato y tampoco hay problema, porque en vez de ser la lerda de tu familia que lo perdió, serás la amiga molona que iba tan ciega que no se dio cuenta que llevaba un tacón en el pie derecho y una alpargata en el izquierdo (y sí, esa fui yo hace unos años). Puedes pedirle al camarero una coca-cola para hacer calimocho con un Ribera del Duero reserva del 2008 (mi pequeña Judith, que es capaz de conseguir calimocho hasta en una cata de vinos), y lo único que va a pasar es que los de tu mesa se apunten y acabéis jugando al duro. Puedes acabar con la corbata en la cabeza y sin botones en la camisa, que no importa, o insultar al dj y decirle que a la salida lo esperas para partirle la cara por no ponerte a Los Chichos en toda la noche (de nuevo basándome en hecho reales). Da igual, porque eres amigo, y todo (o casi todo, tampoco hay que venirse arriba) está permitido.

Esta boda no fue diferente en ese sentido, nos metimos en el papel como los perfectos amigos que somos e hicimos lo que nos correspondía, y lo cierto es que dejamos el listón muy alto para la próxima, porque eso es lo que hacen los amigos, ¿no?


¿Cómo era eso que bailaba el Coyote Dax?

Ahora ya me pongo un poco seria, y es que fuera de todas las idioteces que hacemos bajo la emoción de estar en grupo, guapos, elegantes y con ganas de acabar hasta con el agua de los floreros, está ese transfondo, esas pequeñas sensaciones, matices, detalles, que hacen que una boda sea especial.
En este sentido yo me desvío un poco del camino, y es que no me gustan las bodas convencionales, sino todo lo contrario. Soy fan de las bodas originales por un aspecto o por otro, de los que se saltan las tradiciones a la torera, de los que si quieren ir vestidos de todo el reparto de Juego de Tronos o ir en zapatillas de deporte, lo hacen. Los que organizan la boda que les da la gana, vaya, sin importarles un pito los que los demás opinen o puedan pensar de ellos.

La boda de Ali y Dani tuvo un poco de todo, pero también tuvo esos pequeños detalles que recuerdas, que sabes que están ahí porque para ellos tienen un significado especial. Discursos de familiares y amigos; amigos que no preparan el discurso, lo improvisan y tú no puedes más que aplaudir entre orgullosa y horrorizada por el resultado emotivo y dantesco a partes iguales. Un novio llorando desde el minuto uno y una novia sonriendo hasta el final.

Esa novia de blanco, con su pelo en un recogido bajo, con un ramo precioso, guapa y feliz. Una mano que agarra la falda, que la levanta levemente y por un instante deja a la vista un brillo azulado, una nota de color, un indicio de que no quería ser una novia cualquiera.

Unos zapatos azules de princesa, porque, al fin y al cabo, eso es lo que eres.

Boda Alicia&Daniel, 22 agosto 2015.

 Felicidades, mochuelos.

5 comentarios:

  1. Que bien nos lo pasamos en la boda de ali! Podian hacer una reboda no? Y asi veiamos a los babys también que ya nos vale! ������

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  2. Que bien nos lo pasamos en la boda de ali! Podian hacer una reboda no? Y asi veiamos a los babys también que ya nos vale! ������

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  3. Es verdad!!! Lo tuyo es peor, yo al menos la pillé en el hospital con el segundo jajaja

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  4. Buen artículo!!! No haces mención al momento en el que los amigos celebran un gol, montonera de chicos y el ultimo, pantalón roto y calzoncillos al aire! Hemos tenido de todo jejje

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    1. Jajaja Me alegro de que te guste. Creo que si contara todo necesitaría un par de entradas más ;-) Un besazo!!!

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