lunes, 16 de noviembre de 2015

Helena de Troya

Ni princesa, ni nena, ni cariño, ni cielo, ni vida.
Llámame tu vicio. Tus ganas. El mejor sexo de tu vida.
La sangre, las vísceras, la piel ajada de una batalla a muerte.
Asaltar un banco y salir airoso.

Llámame adrenalina.

No me digas guapa; dime lo fea que estoy cuando lloro, pero cúrame a besos.
No me llames premio, llámame castigo; como cuando tus padres te encerraban en tu cuarto por no compartir con tu hermano y te dejaban solo y rodeado de juguetes.

Como esa clase de castigos que crean asesinos en serie, poetas locos.

Ni esposa, ni novia, ni amante, ni amiga.

Llámame Helena y hazme inmortal con tu caballo de Troya.

No me llames flor, porque soy raíz que se cuela por debajo del pellejo y se enreda entre los huesos, músculos, ligamentos y venas.
Llámame veneno y no sangre, soy igual de vital.
O quizá no, pero sí mucho más dulce.

No me digas que soy lo mejor que te ha pasado, porque lo mejor de tu vida siempre serás tú.
Dime que me la regalas y entonces te creeré.

Dime loca, neurótica, egoísta.
Dime que te asqueo, que me odias, que sin mí el mundo sería mejor, pero mucho más aburrido.
Dime mentirosa, engreída, tirana.
Dime que soy la más puta de las mujeres, pero que nadie te lo hace como yo.

Escúpeme y límpiame después con mimo.
Destápame en invierno, pero túmbate a mi lado y abrázame.

No me digas tranquila, nena; dime que te saco de quicio, que soy caprichosa, terca y dañina, pero que soy tu monstruo favorito del armario.


Llámame lo que quieras, pero no dejes nunca de hacerlo.



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